Cuando el crecimiento personal se convierte en autoexigencia
Sé que el titular puede resultar extraño viniendo de un coach.
Vivimos rodeados de mensajes que nos invitan a crecer, mejorar, evolucionar y convertirnos en nuestra «mejor versión». Y septiembre parece especialmente diseñado para recordárnoslo: volver al gimnasio, comer mejor, organizarnos, ser más productivos, meditar, dormir ocho horas, leer más, utilizar menos el móvil, mejorar profesionalmente, cuidar nuestras relaciones…
Incluso descansar correctamente.
Queremos hacerlo todo bien. Y quizá ahí empieza el problema. Porque el crecimiento personal, cuando pierde su equilibrio, también puede convertirse en una nueva forma de autoexigencia.
Cuando mejorar nunca parece suficiente
Querer crecer es positivo. Tener objetivos, ambición, disciplina o deseo de superación puede ayudarnos a avanzar, descubrir capacidades y construir la vida que queremos. El problema aparece cuando ese deseo deja de nacer de la ilusión y empieza a alimentarse de una sensación permanente de insuficiencia: «Todavía no soy suficiente», «debería estar haciendo más», «a mi edad tendría que haber conseguido…».
Y no es solo una cuestión de percepción. Diferentes investigaciones sobre perfeccionismo apuntan a una distinción importante: no es lo mismo querer superarnos que vivir sintiendo que nunca somos suficientes. Tener objetivos elevados y querer avanzar puede ser estimulante; el desgaste aparece cuando entran en juego el miedo constante a equivocarnos, la autocrítica o la sensación de que, hagamos lo que hagamos, nunca es suficiente.
Ahí está la diferencia: avanzar puede ser maravilloso; convertir cada avance en una prueba de nuestro valor personal puede dejar de serlo.
Suelo resumirlo con una frase que utilizo mucho en mi trabajo: «No hay cosas buenas ni malas, hay desequilibrios por exceso o por defecto». La exigencia, la disciplina o la ambición pueden impulsarnos. Llevadas al extremo, también pueden alejarnos de nosotros mismos.
El precio de vivir permanentemente bajo presión
Vivimos en una sociedad en la que la presión, la sobrecarga y la sensación de no llegar a todo forman parte del día a día de muchas personas. Organismos como la Organización Mundial de la Salud llevan años alertando sobre el impacto que determinadas condiciones de trabajo, la sobrecarga o la falta de autonomía pueden tener sobre nuestro bienestar emocional.
Pero más allá de las estadísticas, quizá merece la pena observar algo mucho más cercano: ¿hasta qué punto hemos normalizado vivir permanentemente bajo presión?
Ya no se trata únicamente de estar siempre ocupados Incluso el autocuidado corre el riesgo de convertirse en otra lista de obligaciones que debemos cumplir perfectamente. Hay que hacer ejercicio, comer bien, meditar, dormir lo suficiente, cuidar nuestras relaciones, desarrollarnos profesionalmente… Y, por supuesto, hacerlo todo con una sonrisa.
Quizá hemos convertido incluso el bienestar en otra forma de exigencia.
El coaching no soluciona problemas
Esta es una de las grandes confusiones sobre mi profesión: el coaching no soluciona problemas. Y afortunadamente es así.
Si acompaño a un ejecutivo de banca, no necesito ser experto en banca. Si trabajo con un científico, no necesito dominar su campo de investigación. Si acompaño a un abogado, no necesito conocer las leyes mejor que él.
Porque mi trabajo como coach no consiste en resolver el problema que esa persona tiene delante, sino en acompañar a la persona que está delante de ese problema.
¿Cómo se relaciona con él? ¿Qué siente? ¿Cómo reacciona? ¿Qué teme? ¿Qué está evitando? ¿Qué creencias aparecen? ¿Qué valores entran en juego? ¿Qué recursos posee y quizá no está utilizando?
El coaching/ es, sobre todo, un potente viaje de autoconocimiento, autodescubrimiento y autorresponsabilidad. Y desde ahí surge una pregunta esencial:
¿Quiero cambiar porque deseo crecer o porque siento que quien soy ahora no es suficiente?
No es lo mismo.
Crecer desde otro lugar
A veces crecer no consiste en añadir más, sino en quitar: expectativas que ya no nos pertenecen, comparaciones, objetivos heredados, algún «debería» y bastante ruido.
Una autoestima equilibrada permite que nuestros logros sean una consecuencia de lo que hacemos y no la prueba constante de cuánto valemos. Y ser auténtico implica acercar lo que pensamos, sentimos y hacemos, en lugar de construir una versión de nosotros destinada a satisfacer las expectativas de los demás.
También significa aprender a fluir con la vida. Y fluir no es conformarse ni abandonar objetivos. Es reconocer que la vida tiene ritmos: momentos para avanzar y otros para parar; momentos para construir y otros para revisar; momentos para insistir y otros en los que quizá lo más inteligente sea soltar.
No todas las etapas necesitan la misma intensidad. A veces una reinvención más amable/ transforma mucho más que esa obsesión por estrenar una vida completamente nueva cada septiembre, cada enero o cada lunes.
Un ejercicio para llegar al verdadero «para qué»
Piensa en algo que ahora mismo quieras conseguir o cambiar y pregúntate: ¿para qué quiero conseguir esto?
Cuando tengas la respuesta, vuelve a preguntar: ¿y eso para qué? Responde y vuelve a hacerlo: ¿y para qué?
Repítelo varias veces.
Imagina que cada «para qué» retira una capa de una cebolla. La primera respuesta probablemente sea racional y evidente. Pero, a medida que profundizas, puedes ir atravesando expectativas, miedos, necesidad de reconocimiento, creencias o deseos hasta acercarte a algo mucho más esencial.
Quizá descubras que detrás de tu objetivo hay ilusión y un deseo auténtico de crecimiento. O quizá aparezcan comparación, miedo, necesidad de aprobación o la sensación de no ser suficiente.
Y puede que no necesites cambiar el objetivo. Quizá solo necesites cambiar el lugar desde el que lo persigues.
Porque crecer no debería significar vivir permanentemente huyendo de quien eres.
Tal vez nuestra mejor versión no sea esa persona perfecta, productiva, equilibrada, disciplinada y feliz las veinticuatro horas del día. Quizá nuestra mejor versión ni siquiera exista.
Y quizá el verdadero desarrollo personal empieza cuando dejamos de obsesionarnos con convertirnos en alguien diferente y empezamos a conocernos, aceptarnos y responsabilizarnos de la persona que ya somos.
Nadie mejor que tú sabe lo que realmente quieres, lo que necesitas, lo que te sobra, lo que te falta. Recuerda que el mayor especialista en ti eres tú. Así que para, respira, escuchate y empieza a hacer lo que solo tú sabes que necesitas hacer.
Este viaje solo tú lo puedes hacer, así que adelante y siempre poco a poco, pequeñas acciones continuadas, dan grandes resultados.
Y si necesitas un acompañamiento ya sabes donde me tienes…
Pedro Serrano Coach






